Evaluación semi-discontinua

Desde la implantación obligatoria del Plan Bolonia, la Universidad española está sumida en cambios, trastornos y mudanzas; y es que el nuevo plan de estudios, cuya misión es transformar el sistema educativo superior, se está encontrando con múltiples dificultades. Uno de sus pilares fundamentales: el sistema de evaluación, con apenas dos años de rodaje, padece de profundas dolencias. La indefinición, y la inseguridad que ésta genera en el alumno, se ha convertido en una fuente de tensiones y disputas frecuentes en los pasillos de las facultades.

El plan Bolonia promueve el seguimiento continuo por parte del docente de la evolución de cada alumno, de manera que su calificación se fundamente en el trabajo diario que éste realiza a lo largo del curso. Esta metodología, apodada evaluación continua, se cimenta en el uso de todas las herramientas a disposición del profesorado y orbita en torno a tres centros de gravedad: docencia (clases), prácticas y trabajos. Las clases se dividen en teóricas y de problemas, alternando la resolución individual con el trabajo grupal. Las prácticas de laboratorio y los trabajos y proyectos, también se dividen en individuales y grupales. De esta manera, se implementa la metodología de Bolonia, permitiendo el desarrollo del aprendizaje de la asignatura y de habilidades transversales tales como la dirección de grupos de trabajo y la resolución conjunta de problemas.

La adopción de estos procedimientos de trabajo no es fácil, existen un buen número de dificultades que tienen que ver principalmente con los medios y las reticencias por parte de los involucrados en el proceso de adaptación. Existe una sangrante falta de medios en la universidad pública que se deja sentir en el número de profesores, las instalaciones y los equipos de que se dispone. A esto hay que sumar la inercia a continuar con la metodología antigua por parte de los docentes, pero también de los alumnos, en parte debido a la mentalidad reinante del mínimo esfuerzo y a la falta de habilidades para desarrollar eficazmente la nueva metodología.

Para esquivar estas barreras y lograr una verdadera evaluación continua, mis propuestas son: adaptación progresiva y un cambio de actitud. La adaptación al nuevo sistema de evaluación debe ser progresiva, comenzando por dotar de relevancia al porcentaje correspondiente al trabajo diario (es decir, restando peso al examen final) e invirtiendo importantes cantidades de tiempo, esfuerzo y dinero en alcanzar los conocimientos y las herramientas que nos permitan implementar los nuevos métodos. La actitud frente a los cambios debe ser tolerante con los problemas que aparezcan, evitando ser “resultadistas” e involucrándose activamente en el proceso y el aprendizaje que de él se obtiene. Necesariamente, habrá un tiempo de transición durante el cuál los resultados no pueden servir de guía, sino ser un parámetro más que nos indique el progreso de la adaptación.

El reto de implantar una evaluación continua real es muy ambicioso y supone una profunda transformación en el concepto de enseñanza superior que se utilizaba hasta hace unos años. Su consecución nos permitirá alcanzar estándares de calidad en la enseñanza que nos capacitarán para competir en el mercado europeo y mundial de los titulados superiores.

Un comentario en “Evaluación semi-discontinua

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